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Mostrando entradas de agosto, 2012

UNA DE TANTAS RECTAS

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Odio; el ojo derecho entreabierto; la quijada levemente apoyada sobre la curvatura de la culata; la (cómplice) mira de una máuser; metros huecos, llenos de aire; una frente expuesta, desprotegida; miedo.

UN RINOCERONTE BAJO LA MESA (no es mío, aunque me gustaría)

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Suele pasar, aunque el mundo se empecine en negarlo, que de vez en cuando alguien, usted, yo, la vecina, o un barrendero kuwaití, se encuentre un rinoceronte bajo la mesa. La ciencia no ha podido, no ha querido o no ha tenido tiempo de explicarlo, lo cierto es que para cuando algún incauto se da cuenta de esta verdad universal ya es demasiado tarde. Cosa de rinocerontes nomás, eso de andar metiéndose debajo de la mesa familiar sin ser invitado, vaya usted a saber con qué intención pues aun nadie ha tenido suficiente comprensión de la conducta rinoceríntica ni suficiente coraje como para atreverse a preguntarles por qué lo hacen. La única manera, tal vez de evitar tan desagradable sorpresa sea hacer como yo hago de un tiempo a esta parte, revisar antes, espiar bajo el mantel para confirmar la cotidiana e inofensiva imagen del gato que duerme bajo la mesa, o del perro que aguarda las migajas, o simplemente del neutro y frío piso recién encerado. Es cuestión de asegurarse, de no dejar ...

JUEGO DE TITANES

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La noche le esperaba agazapada tras las montañas, mientras el muy obstinado se empeñaba en buscarla bajo del mar.

TRISTE SONATA PARA PIANO

Él desde pequeñito, en su Argentina natal, había demostrado interés hacía los instrumentos. Pero no fue hasta los 14 cuando tocó su primera tecla de piano. En ese mágico instante, quiso la casualidad (o el exceso de población) que cayera abatido al suelo un joven en China. A esa primera le siguieron decenas, cientos, miles, millones de teclas, llegando a emular complejas piezas de los clásicos: Chopin, Beethoven, Mozart... Pendientes de cada una de esas teclas se descolgaba la vida de una persona en las antípodas. La afición, como cabía esperar, fue in crescendo a un ritmo vertiginoso, y el ímpetu de sus muñecas, el salto de sus falanges, el potente latido de su corazón cada vez que se sentaba frente al piano, actuaba como la más letal de armas a miles de kilómetros. Y así, en escasos trece años la extraña pandemia barrió, cuan fichas de dominó, cualquier resto de vida humana, desde China hasta el cuartucho donde parecía tocar el piano la propia muerte. No obstante la casualid...

SINE DIE

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El otro día, a las seis de la tarde, me pasé  por la Casa del Libro con ánimo de comprar la novedad más reciente de cuantas tuviesen expuestas. Cuando llegué, para mi sorpresa y la de muchos otros (que permanecían con la boca abierta clavados a las puertas ) la encontré cerrada. Extrañado, decidí preguntar a un señor despierto (que casualmente pasaba por allí) si sabía el porqué de tanta ocultación y él, muy amablemente, me respondió que, desde la liberalización de horarios comerciales y tras numerosos estudios de mercado, habían decidido abrir desde las 12 de la noche a las 8 de la mañana, pues los potenciales clientes (guiados por el poderoso influjo de la caipirinha) se sienten en esa franja horaria más predispuestos a la compra de clásicos y otra literatura de menor peso (entiendo quiso decir desde una perspectiva puramente física de la sustancia).

DONDE HABITA ÉL

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Se despierta sobresaltada: Levanta a su hija. Desayuno compartido. Carrera por la Calle Soslayo hasta la escuela. La niña corre libre entre rejas y ella sobrevuela con la mirada sus pies; veloces fotogramas la transportan al trabajo. Teléfono en mano; llamadas; voces familiares; vellos de punta; espalda encorvada; refugio entre cigarrillos; algún que otro... PARA TERMINAR DE LEER ESTE MICRORRELATO PINCHAD AQUÍ

LENTOS PIES PEQUEÑITOS (publicado en la Esfera Cultural)

Cuando salía del colegio volvía a casa caminando despacito. Tal vez caminaba despacito porque era un niño tranquilo, sin prisa. Tal vez lo hacía con pausa, para disfrutar cada palmo de acera conquistado por sus diminutos pies de infante. A lo mejor, avanzaba lentamente para escuchar el anárquico palpitar de esa gran ciudad en la que vivía, con su sístole, motor de los vehículos, y su diástole bullicio de masas. Probablemente fuera para acercarse a la verdad de los segundos convertidos en minutos que se dilataban impidiéndole llegar temprano. O tal vez… sólo tal vez… sin creerlo probable, caminaba despacito porque sabía que entre los ojos del cinturón doblado que sujetaba su padre para darle la bienvenida no cabían los rayos del sol. PARA VERLO EN SU HÁBITAT AQUÍ

EL MUNDO DE LOS SONIDOS

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El crepitar de las viejas tablas de madera evidenciaba el pausado caminar de un hombre tranquilo; el timbre sonando durante cuatro segundos era sintomático de cierto grado de impaciencia; el chirriar de la puerta delataba la solera del inmueble; el sonido del cargador de la pistola no indicaba nada bueno; la seca y diminuta explosión producida por el disparo dejó de indicar cosas. En ese mismo instante desapareció su ceguera.

UN SUEÑO (no es mío, aunque me gustaría)

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá jamás leer lo que los prisioneros escriben. JORGE LUIS BORGES

EL PEREGRINO. Enero del 2012. Segundo seleccionado en el II Concurso de Microrrelatos Esculpiendo Historias. Editorial la Fragua de Metáforas.

Caminaba dejando atrás ciudades, pueblos, casas, familias, cuchillos y más de una muerte. Entendí que más que caminar, el peregrino huía.