APRENDIENDO IDIOMAS
Tras un curso rápido de francés, sentí la irremediable tentación de aprender el idioma a fondo. No lo dudé; hice las maletas; y emigré al país vecino. Entendí, metido en la vorágine de mi gran descubrimiento, porque se madruga tanto; disfruté entrando cada mañana en todos los establecimientos, derrochando cortesía (aunque no recuerdo haber realizado ninguna compra); y busque en periódicos, redes sociales y locales de encuentro, dilatar al máximo posible mi caudal afectivo, buscando amigos madrugadores de entre todos los posibles. Y todo este esfuerzo, toda esta dedicación para sentir como mi boca se hincha carnosa y cálida; como mi lengua palpita brusca en la cavidad; o como finalmente mis labios se proyectan hasta el infinito cada vez que digo con una lenta y sensual sofisticación: bonjour.