Nació con un don pero hasta los 6 años no supo de él. Lo descubrió gracias a unas ceras blandas: con su grafomotricidad ya desarrollada dibujó una casa y, cuando ésta estuvo terminada, el papel se tridimensionó y creció, creció y creció hasta alcanzar el tamaño estándar, lista para ser ocupada. Le siguieron múltiples juguetes aunque, en un principio, disfrutaba más con el proceso de creación que con su propio uso. Pasado el tiempo, como suele ocurrir, automatizó la técnica, se convirtió casi en un acto involuntario. No le faltaron amigos (entre los que se encontraban numerosos superhéroes), coches (todavía no inventados), mujeres espectaculares (tanto como su fino trazo le permitía), caprichos infinitos (inimaginables para cualquier otro mortal)… Un día se levantó hastiado, harto de tanta facilidad. Podía tenerlo todo sin esfuerzo, a golpe de papel y tinta, pero no disfrutaba del deseo de lo escurridizo ni de la persecución de lo aparentemente inalcanzable. Ese día cogió un lápiz dim...