HACIENDO LA MALETA
Cientos de personas anónimas, desconocidas, lejanas entre sí abrían simultáneamente sus maletas y guardaban las prendas de vestir esenciales. Los había temerariamente rápidos, urgidos por la situación; otros, los más, nostálgicos doblaban la ropa milimétricamente, haciendo tiempo para recordar ese presente ya lejano que no se volvería a repetir. Cuando quedaba hueco, guardaban fotografías u objetos de gran valor afectivo, para no pasar hambre; cuando no, se le hacía. Tras ello, emprendían un plomizo camino hacia la plaza del pueblo (solos o acompañados). La mayoría no miraba atrás, por miedo a arrepentirse, o por miedo a ser detenido. El pueblo ya no era seguro. Con la inquietud de quien se sabe observado, esperaban el autobús de línea regular. Subían; pese al esfuerzo, los más duros rompían a llorar al dejar de ver el campanario. Todos, sin saberlo, habían quedado en Madrid.