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Mostrando entradas de enero, 2013

HACIENDO LA MALETA

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Cientos de personas anónimas, desconocidas, lejanas entre sí abrían simultáneamente sus maletas y guardaban las prendas de vestir esenciales. Los había temerariamente rápidos, urgidos por la situación; otros, los más, nostálgicos doblaban la ropa milimétricamente, haciendo tiempo para recordar ese presente ya lejano que no se volvería a repetir. Cuando quedaba hueco, guardaban fotografías u objetos de gran valor afectivo, para no pasar hambre; cuando no, se le hacía. Tras ello, emprendían un plomizo camino hacia la plaza del pueblo (solos o acompañados). La mayoría no miraba atrás, por miedo a arrepentirse, o por miedo a ser detenido. El pueblo ya no era seguro. Con la inquietud de quien se sabe observado, esperaban el autobús de línea regular. Subían; pese al esfuerzo, los más duros rompían a llorar al dejar de ver el campanario. Todos, sin saberlo, habían quedado en Madrid.

REFLEXIONES DE UN LADRÓN EN ÉPOCA DE CRISIS Junio del 2012. Finalista en la XI quincena de relatos Triple C.

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No trabajó ni la mitad que la noche anterior, pero tampoco le sorprendió. El último mes había sido nefasto. Se le vinieron a la cabeza las Matriuskas como símbolo de la decadencia laboral. A cada día, le sustituía otro con menor carga de trabajo. En ocasiones era responsabilidad del amplio stock de casas en venta, huérfanas de cualquier interés; en otras resultaba abusivo (casi indigno) dejar a los pobres inquilinos sin las cuatro baratijas de oro que en breves tendrían que empeñar; y con demasiada frecuencia aquellos que más posibles acumulaban, lejos de los restaurantes caros, fines de semana en resorts o noches de teatro y copas, no se movían de casa en todo el fin de semana por el tan extendido “¿y si nos echan?”. Al final, por lo uno o lo otro, estaba empezando a notar la crisis, de la que tanto había renegado. Mientras, otros compañeros de gremio no lo dudaban y recurrían al robo con violencia bajo la despistada mirada de la luna. Él, sin embargo, lo tenía clarísimo: “ya mucho ...

LA MUERTE EN SAMARRA (No es mío, aunque me gustaría)

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El criado llega aterrorizado a casa de su amo. -Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza. El amo le da un caballo y dinero, y le dice: -Huye a Samarra. El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado. -Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice. -No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (Adaptación)

ESPÍRITU DE TERMINAL

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La prisa le arropa y los pasos cortos multiplican la sensación de velocidad. Parece un rayo con capucha y grandes ojeras que como sombras se proyectan tras esas pequeñas y finas lentes que luce los días de resaca. La estancia en España, corta o demasiado larga, se ha convertido en suficiente para saberse en otro lugar. Pese a estar todavía en el aeropuerto, se imagina ya en Brno. Observa a los transeúntes que como espejos vagan adormilados por la terminal. Algún que otro fogonazo se le viene a la mente: bocas, colegas, primer botellín, risa, familia, segundo botellín , esa morena de labios carnosos, tercer botellín, mirada al frente, un sol traicionero apaga la noche, resaca… luego, dibujando en su cerebro un mapa de Europa, se entretiene tachando los países disfrutados. Deja sus cosas en la frontera de lo ridículo, pasa por el portón y sonríe a la de seguridad, mientras viaja a Dublín, o a cualquier otro lugar primigenio. Ahora, como un autómata recoge de la bandeja blanca su cartera,...

DESPOJOS DEL REC

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Por piernas las patas de una mesa rota; para el tronco, el de mi abuela Hortensia; como brazos los de mi niñez, acabados en dedos BIC de cerbatana; la cabeza, un libro gordo, de nombre Petete;… y a caminar hasta la puerta de los REC. Agolpados miles de despojos, que sólo adquirirán categoría si la suerte de portero los señala. De vuelta a casa cabizbajo, sin suerte ni presencia, toca guardarlos en el sótano. Cuando sumo veinte, el temblor del suelo amenaza, y libero a los más extraños, originales o mutilados para mostrarlos con altanería en concursos de disfraces o desfiles de modelos, incluso teniendo fortuna en ese alarde de reciclaje con el OOHHHHHHHHHH!!!!!! de algún despistado reconocimiento. Pero los más siguen escondidos, tristes, apenados como despojos; agazapados retorciéndose en su guarida. Y de un mes a esta parte, ni comen ni mastican… sólo braman y gritan inquietos por la revolución que dicen llegará mañana, cuando el mundo se llene de relatos que nunca tuvieron sombr...

ABDUCCIÓN

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Nadie me cree, aunque lo juro y perjuro por mi salud, o la de cualquier otro lector que se precie, pero lo vi con mis propios ojos. Lo que parecía una alfombra multicolor en aquel prado verde, pronto fue arrugándose hacia arriba, hasta convertirse en una medusa de tela, sujeta a un pelele por numerosas y finas cuerdas, del cual tiro con brusquedad vertical (o tal vez diagonal), previa ridícula carrerita de espaldas. Ya en el aire y sin red empezó a describir movimientos helicoidales que la alejaban de mi vista. Así sin más, en medio del azul, tomo cada vez más altura hasta convertirse en un diminuto punto negro que pronto fue tragado por una avioneta, una libélula o cualquier otro pez de mar.

UN TRABAJADOR EN LA SOMBRA

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Antes de que amanezca, la niebla que lo ha acompañado durante toda la jornada se pliega sobre sí misma, como papel de regalo, mientras él camina solo por la avenida, algo encogido, arrastrando unos pies agotados tras los kilómetros recorridos. Su cuerpo todavía entumecido por la humedad de la noche, intenta estirazar con disimulo una musculatura contraída, mientras sus rudas manos, se desnudan al aire mostrando las heridas de siete marineros. Más resguardados, sus brazos cuan grúas, acosan a una camiseta que ahora se ha quedado pequeña. En su rostro, unas grandes ojeras crecen a la sombra de una mirada orgullosa, brillante, satisfecha del trabajo bien hecho, mientras en sus labios se esboza una sonrisa al cruzarse con los primeros trabajadores que sin saberlo inauguran su obra; las calles ya están puestas.

EN 22 DE JULIO UN MÉXICO DEL 72

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Cuando murió, el dinosaurio todavía estaba allí.

EL PIANOLISTA

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Sacó su enorme pianola, se sentó sobre el taburete y empezó a tocar el instrumento con la falsa soltura que su padre le había enseñado. Conforme iba avanzando con esa levitación tan propia de él, salían hombres y mujeres de los establecimientos más variados: bancos, gestorías, bufetes de abogados, gabinetes políticos, grandes consorcios empresariales… Y así, poco a poco las calles se convertían en el fluir constante azul, grisáceo, casi negro, privado de colores tan impropios en adultos trajeados. Luego, saltando y bailando, alternando parejas, girando como peonzas, entrelazando antebrazos, robando carteras con la destreza propia de toda una trayectoria profesional avanzaban, recorrían calles y avenidas, ante la atónita mirada de una muchedumbre pobre y agotada. Finalmente terminaban expuestos ante ese precipicio que toda gran polis esconde en sus afueras. Mientras, el “pianolista” seguía azuzando, con ese tema tan pegadizo, a la variada fauna. Así, sin poder resistirlo, los ...

AMENAZAS (no es mío, aunque me gustaría)

-Te devoraré -dijo la pantera. -Peor para ti -dijo la espada. Microrrelato de WILLIAM OSPINA