EN OCASIONES SE PASAN

DIEZ PASOS PARA ENCONTRAR LA FELICIDAD

PASO UNO: Acércate a la fachada de tu casa. Fíjate en la pared. Llevas cinco años pagando fielmente la hipoteca, y te quedan treinta por delante. Pese a ese esfuerzo titánico parece que tiene humedades. Saca las llaves y abre la puerta. Tener humedades pagando casi mil euros debiera estar prohibido.
            Deja que un sentimiento de congoja te invada.
“¿Qué sentido tiene tu vida?”
No hallas respuesta. La casa está desordenada. Desde que se fue Leonor nada se parece a lo de antes. Dirígete a la cocina. Abre la bolsa y saca la pizza. Pon el horno a calentar. Abre el frigorífico y extrae una cerveza.
“¿Qué estará haciendo Leonor?”
Deja que te invada la duda. Tras dos cervezas y una llamada a tu madre, la pizza estará libre. Sácala con los guantes que compraste en la Teletienda y acude con ella en el carro transporta comida (que adquiriste en la cadena esa en la que tanto compras) al salón. Por el camino el robot aspiradora te tenderá una trampa. Cáete. No es para lo que estaba diseñado el robot, pero la vida a veces va más allá de cómo estaba diseñada.
            Tras recoger la pizza del suelo te tumbas en el sofá de cuero que os regalaron tus primos por la boda, y con el mando en una mano, cambias de canal mientras con la otra sostienes la porción que parece querer desprenderse.
Mira el mando. Respira aliviado. Menos mal que has contratado la televisión de pago, pues si no ahora tendrías que aguantar noticias desagradables del mundo.

PASO DOS: Tras la siesta improvisada te das cuenta que el sentimiento de congoja sigue estando presente. Afortunadamente lo cobras bien, y la crisis no se ha llevado por delante tu empleo porque, si fuera así, (deja que te invada una congoja mayor) a ver cómo pagabas la hipoteca de esa casa llena de humedades.
Un pensamiento te conduce a otro y Leonor tampoco te ha llamado hoy.
Reflexiona: “si lleva treinta y cinco días fuera de casa y no llama, tal vez sea porque no quiere volver”.
Necesitas algo para no pensar en ella. Levántate. Vete a la cocina y coge del frigorífico el helado de chocolate. Te invade una duda. A la dietista le dijiste que ibas a tomar helado solo los fines de semana, y estamos a martes.
Pregúntate: “¿quién es la dietista para tomar decisiones por mí?”
Tienes razón. Cucharilla en mano devoras la caja de helado de chocolate mientras en la tele sigues viendo series americanas de bajo presupuesto.
Vuelve a repetirte: “Menos mal que la televisión es de pago”. Dítelo fuerte. “MENOS MAL QUE LA TELEVISIÓN ES DE PAGO”. Hay que reforzar los avances que existen en los países desarrollados.

Tras el helado, el sentimiento de congoja sigue ahí, como si fuera un cachorrito acurrucado sobre el pecho de tu perra. Es la segunda vez que se te viene a la cabeza la congoja. El asunto empieza a ser serio. Lo malo de trabajar solo por las mañanas es que luego tienes todas las tardes para pensar, y cuando los pensamientos no acompañan, la vida resulta muy cuesta arriba, como cuando tu pareja te dice que tenéis que hablar después de medio año sin apenas intercambiar palabras. Decide algo pero decídelo ya, de lo contrario te volverás loco.

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