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DESPOJOS DEL REC

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Por piernas las patas de una mesa rota; para el tronco, el de mi abuela Hortensia; como brazos los de mi niñez, acabados en dedos BIC de cerbatana; la cabeza, un libro gordo, de nombre Petete;… y a caminar hasta la puerta de los REC. Agolpados miles de despojos, que sólo adquirirán categoría si la suerte de portero los señala. De vuelta a casa cabizbajo, sin suerte ni presencia, toca guardarlos en el sótano. Cuando sumo veinte, el temblor del suelo amenaza, y libero a los más extraños, originales o mutilados para mostrarlos con altanería en concursos de disfraces o desfiles de modelos, incluso teniendo fortuna en ese alarde de reciclaje con el OOHHHHHHHHHH!!!!!! de algún despistado reconocimiento. Pero los más siguen escondidos, tristes, apenados como despojos; agazapados retorciéndose en su guarida. Y de un mes a esta parte, ni comen ni mastican… sólo braman y gritan inquietos por la revolución que dicen llegará mañana, cuando el mundo se llene de relatos que nunca tuvieron sombr...

UN HÚMEDO SEIS DE ENERO

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“¿Cómo que no van a venir los Reyes?”, espeté a mi madre, provocando un llanto que ya resultaba recurrente. Tiritando y sin estufa seguí con el ritual. Encendí las velas utilizando cerillas y abrí una botella de vino, derramando tres cuartos sobre cada una de las copas, como en otras ocasiones. Desde que mi padre se había ido, hacía un mes, a ayudar a los pajes de los Reyes, yo era el hombre de la casa y, aunque me daba pena su ausencia, alguien tenía que poner orden. Pero mi madre con sus chifladuras, estropeando las fiestas. Que me olvide de regalos… todo el año portándome bien; sacando buenas notas; ayudando a Lola, la del tercero, a subir la compra… para que Melchor, Gaspar y Baltasar me recompensaran. Nada,… ¿qué mosca le habrá picado?. Se iba a enterar ella cuando viera el salón lleno de regalos. Ni uno, ni dos... Apagué la luz y cerré los ojos con fuerza, sabiendo que ellos no me fallarían. Al día siguiente me levanté de un salto, fui al salón y… no encontré nada en el suelo,...

EL TAXIDERMISTA

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Hay pasiones que son como el fuego, lo llenan todo de luz y calor. Eso le debió pasar a Luisito cuando a sus cinco años se plantó en el Museo de Ciencias Naturales frente al diorama de un lince ibérico. Ese día su voraz curiosidad desbordó la sapiencia de su abuelo y, tres años después, lo tenía claro: como futurible taxidermista. A los 18 ya dominaba el oficio, y por sus manos rápidamente pasaron jabalíes; águilas; ciervos… en una incontable inversión de horas. Lo extraño de todo fue que sacara tiempo para seducir a Lola. En un principio se mostró quejicosa ante el aparente abandono que sufría, pero las pasiones, como el fuego, se extienden rápidamente y ella se contagió de tal manera que pronto lo acompañó diariamente, para observar absorta la pericia de su marido ante tan complejo arte. Después de tres décadas juntos, ya ha visto disecar tigres, rinocerontes, elefantes... y actualmente es complicado saber quién siente más pasión pues cuando éste abandona el taller, ella sigue so...

13 RAZONES

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El zumbido de una mosca en el oído; la seca carne sobre el plato a precio de oro en aquel restaurante tan caro; la breve mueca que añora una sonrisa en la cara del patán de su jefe... EL RESTO DE RAZONES ESTÁN DESGLOSADAS AQUÍ

PÁJAROS

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Ahí estaba, erguido, inestable. Sus grandes pies apenas podían apoyarse sobre el ensamblaje cóncavo de las tejas. Hacía un mes que había visto ese documental del budismo. Y poco después de ello, animado por su volátil imaginación, declaró proceder de un pájaro. Ante él, la inmensidad, el vacío de un séptimo piso y los pies ardiendo le animaban a hacerlo. Lejos ya estaba el pregón, a modo de charla con el tendero, la panadera, sus pocos amigos, padres… y quien en el barrio pudiera tratarle. Uno a uno había comentado los vericuetos de su anterior vida, vinculada al huevo, al nido. Todavía resonaban las risotadas cosechadas. Pero él lo tenía claro: “quien tuvo retuvo”, se dijo, antes de dar un paso al frente, aleteando los brazos con todas sus fuerzas. Pese a su convencimiento cayó como fruta madura, de pie, batiendo con dureza contra el suelo. Poco a poco, la sangre que bullía descontrolada en su anárquico interior fue brotando por la boca, acomodándose sobre el asfalto. Alrededor nació ...

TRISTE SONATA PARA PIANO

Él desde pequeñito, en su Argentina natal, había demostrado interés hacía los instrumentos. Pero no fue hasta los 14 cuando tocó su primera tecla de piano. En ese mágico instante, quiso la casualidad (o el exceso de población) que cayera abatido al suelo un joven en China. A esa primera le siguieron decenas, cientos, miles, millones de teclas, llegando a emular complejas piezas de los clásicos: Chopin, Beethoven, Mozart... Pendientes de cada una de esas teclas se descolgaba la vida de una persona en las antípodas. La afición, como cabía esperar, fue in crescendo a un ritmo vertiginoso, y el ímpetu de sus muñecas, el salto de sus falanges, el potente latido de su corazón cada vez que se sentaba frente al piano, actuaba como la más letal de armas a miles de kilómetros. Y así, en escasos trece años la extraña pandemia barrió, cuan fichas de dominó, cualquier resto de vida humana, desde China hasta el cuartucho donde parecía tocar el piano la propia muerte. No obstante la casualid...

DONDE HABITA ÉL

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Se despierta sobresaltada: Levanta a su hija. Desayuno compartido. Carrera por la Calle Soslayo hasta la escuela. La niña corre libre entre rejas y ella sobrevuela con la mirada sus pies; veloces fotogramas la transportan al trabajo. Teléfono en mano; llamadas; voces familiares; vellos de punta; espalda encorvada; refugio entre cigarrillos; algún que otro... PARA TERMINAR DE LEER ESTE MICRORRELATO PINCHAD AQUÍ

LENTOS PIES PEQUEÑITOS (publicado en la Esfera Cultural)

Cuando salía del colegio volvía a casa caminando despacito. Tal vez caminaba despacito porque era un niño tranquilo, sin prisa. Tal vez lo hacía con pausa, para disfrutar cada palmo de acera conquistado por sus diminutos pies de infante. A lo mejor, avanzaba lentamente para escuchar el anárquico palpitar de esa gran ciudad en la que vivía, con su sístole, motor de los vehículos, y su diástole bullicio de masas. Probablemente fuera para acercarse a la verdad de los segundos convertidos en minutos que se dilataban impidiéndole llegar temprano. O tal vez… sólo tal vez… sin creerlo probable, caminaba despacito porque sabía que entre los ojos del cinturón doblado que sujetaba su padre para darle la bienvenida no cabían los rayos del sol. PARA VERLO EN SU HÁBITAT AQUÍ

COREOGRAFÍA EN EL SUBURBANO

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Aquel viaje me enseñó que ya nadie quería bailar conmigo. Lo recuerdo como si fuese ayer. Entré al vagón y aferrado a uno de tantos hierros fui testigo de la función: tres señores de bien ojeaban periódicos del día; dos escandalosas quinceañeras coqueteaban con un desgarbado pelirrojo, una quejicosa mujer presumía constantemente de sus achaques; la pareja de jóvenes enamorados sonorizaban el lugar; una chica atractiva leía su libro de tapas blancas; los dedos del muchacho trajeado recorrían su corbata impacientemente; un pequeño sector posaba sus ojos sobre la pantalla de un móvil táctil; mientras el resto del pasaje clavaba su mirada en un punto alejado del peligro En cada parada el convoy se detenía, dando paso a una breve coreografía de movimientos rápidos, simultáneos y certeros, que permitía la entrada en escena de nuevos actores, y la baja eventual de alguno de los citados. Sin embargo yo, luciendo mi octogenaria sabiduría, lejos de la agilidad de otros tiempos, permanecía de p...

LA ÚLTIMA C

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"Estás a punto de cargarte Triple C" pensó al borde del precipicio recordando los famas de un Cortázar, en los que un día creyó verse reflejada. “Primero por abandonar toda CAUTELA que exigía la hermandad, al exponer tu prosa al servicio de cualquier desafío verbal” continuó diciéndose mientras ponía caras al resto de integrantes del selecto club. “Luego por la falta de CONTROL que ha guiado tus pasos hasta este cortante acantilado”, añadió mentalmente cuando sus piernas empezaron a tambalearse, “y, por último, al desacreditar tu enorme C…” se dijo instantes antes de que su fino cuerpo impactara con el suelo y éste estallara en una suerte de tinta sobre un folio meridianamente conquistado por miles de letras, cientos de frases, docenas de líneas… que frenados por esa mancha redonda resultaron ser un cuento inacabado con su punto y…

NEGRO MATE

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Tras una dura jornada laboral, entré arrastrando mi cuerpo vacío y la encontré frente al televisor, viendo atónita como ese hombre trajeado con apellido de provincia anunciaba la irreversibilidad de las medidas tomadas. Sin percibir mi presencia, liberó alguna que otra lágrima, en un silencio sepulcral, eludiendo cualquier quejido, pues era tan dura como el maldito mineral. Supuse que Pilar estaba recordando aquel día en el que sonaron las sirenas anunciando el accidente que se llevó al hoyo a su padre, o aquel otro en el que la arrolladora neumoconiosis la dejó viuda a los cincuenta. Pero ella sufría en silencio pues, sumada a su orgullosa dignidad, sabía que la Marcha Negra en la que participaba mi padre era el comienzo de una lucha igual de irreversible que las medidas anunciadas por el ministro, pero con la salvedad de que ellos no tenían alternativa pues la sombra y el frío de la mina eran su único cobijo. Ahí estaba yo, a mis dieciocho, sabedor que el futuro pintaba mal, contemp...

EL PEINE DEL ALEMÁN

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ESTE MICRORRELATO ESTÁ DULCEMENTE COBIJADO EN UNO DE LOS MUCHOS CAJONES DE JUAN ESTA NOCHE ME CUENTAS

ONCE PRIMAVERAS EN OTOÑO

Miró a su alrededor todavía ruborizado, dolorido, avergonzado… con la delatadora mejilla claramente enrojecida y una familiar voz interior reprochando tanta valentía. Recordó el trágico momento que acababa de sufrir y su rostro se entristeció, si cabe más de lo que estaba. Cabizbajo no hizo nada para evitar que los hombros se desplomasen y con ellos cayó el resto del cuerpo sobre un cobrizo manto de verdes venidos a menos. Allí, hundido en su propio dolor, permaneció inmóvil durante cinco minutos esperando que el piar de los pájaros sanara sus heridas. De repente, en su rostro se dibujó una sonrisa. Apoyó sus escuálidos codos sobre la tierra seca y rápidamente se incorporó pensando que podría despejar sus dudas. Buscó una margarita para hacerlo y, ante su ausencia, intentó encontrar otra flor. Giró lentamente sobre sí mismo una última vez y regresó a la melancolía anterior. No hubo flores, ni pétalos, ni certezas… Nada, o casi nada. Sólo un niño con corazón de trapo y muchas dudas que ...