INSTRUCCIONES PARA MORIR POR AMOR (Ganador del Relato Monegrino del Concurso de Relatos de Tierra de Monegros 2016)

Levántate tarde. Es un sábado más de julio en el que de manera inusual libras. El restaurante donde trabajas está siendo reformado. Repasa mentalmente cuando fue el último fin de semana que tuviste para ti. No lo recordarás. No te preocupes, tampoco importa. Ponte en funcionamiento, pues ocasiones como esta se presentan muy rara vez.


Coge el móvil y envía un par de wasaps a los dos amigos que todavía no se han ido de vacaciones. Luego comprueba que en casa no hay nadie más. Dúchate durante un buen rato y antes de desayunar líate un cigarrillo. Piensa que no hay nada como tomar un café con tostadas y hambre atrasada de siete perros.

Mira el móvil. Ninguno te ha respondido. No le des importancia, ya lo harán. Termina de vestirte y échate ese desodorante que tanto anuncian en televisión. Eres demasiado joven para dejar correr la oportunidad de triunfar un fin de semana y aunque sabes que todo lo que dicen en publicidad es susceptible de ser falso, nadie ha realizado ningún estudio para desmentirlo y mientras no lo hagan, tú seguirás utilizando ese desodorante. Luego cálzate, y vuelve al baño para contemplar esa cara tan bien hecha que te han dado tus padres. Algo bueno tenías que haber heredado. Coge las llaves de la moto y las de casa y sal por la puerta.







Dirígete al Parque Labordeta. Encontrarás al Negro con sus trapicheos. Interésate por cómo le va la vida, antes de pillarle una piedra. Dejará caer que como siempre, que su madre le quiere echar de casa, y que no encuentra curro, que el otro día la policía le paró pero que no llevaba nada… También mencionará, de pasada, que lo ha dejado con Lola, que estaba cansado de ella y que todo eso. En ese instante el mundo se detendrá mientras sus labios siguen moviéndose. Muéstrate empático, asiente a todo lo que te cuente, aunque no lo escuches. Mientras tanto imagínate al lado de Lola. Menuda mujer. Llevas media vida detrás de ella, desde que la viste entrar en Segundo C. Parecía que iba flotando. Pero desde que la conoces esta es la primera vez que parece estar sin pareja. De vez en cuando mirarás al Negro, y dejarás caer vaguedades mientras te lías el segundo de la mañana. “¿Lola sola?” sonará en tu cabeza. “Lola sola” repetirá tu cerebro. Mientras tanto tú hablando con el drogadicto de su ex. Dale varias caladas, y déjale el resto al pequeño traficante. Vuelve a mirar el móvil. Tienes varios wasaps. Queda con Luis y Víctor para comer en la del Mostaza.

Llegas temprano, con una sonrisa de oreja a oreja. Víctor te pregunta qué te pasa. Coméntale que acabas de ver al Negro, y que te ha mencionado lo de su ruptura con Lola. Verás cómo se le cambia la cara. Luís ni se inmuta, pero el listo de Víctor seguro que ha pensado lo mismo que tú. Entre hamburguesas, kétchup y mostaza el primero os comenta que lleva toda la vida, desde que la conoció en el instituto, detrás de ella, pero siempre estaba con alguien. Tu corazonada era cierta. Imagínate al listo de Víctor con Lola. Son el día y la noche. Tienes que hacer algo, no puede ser que ese buitre se adelante. Tras las hamburguesas y las patatas toca el postre. Os vais al Presco con las motos a tomar un helado. Cuando llegas, el otro ya está mandándole un wasap a Lola. Los treinta grados a la sombra obligan al helado y la actitud impaciente de Víctor invita a partirle la cara. No lo hagas. Recuerda que es tu amigo desde el colegio y si le has aguantado todos estos años, aguantarle otros tantos no debiera ser difícil. Mentalmente justifica su actitud diciéndote que si es así de egoísta es porque es hijo único. Tómate el helado con calma y deja que Víctor se haga ilusiones. Entre tú y él no hay color. Y aunque es más lanzado, cuando tú saques la artillería se va a quedar compuesto y sin ese bellezón.

Antes de que terminéis de saborear el helado, os dirá que ha quedado con la sureña para tomar café. Os preguntará si os apuntáis con la misma desidia con la que tú llamas a tu abuela todos los viernes por la tarde. Luis dirá que no, pero tú siempre has querido estar con Lola, desayunar con Lola, comer con Lola y cenarte a Lola. No son momentos para que tires de cortesía y le dejes paso. Verás un rictus en la cara de Víctor que no conocías. Es una mezcla de sorpresa y amargura. Dale una palmadita en el hombro, y dile que hace bastante que no la ves, y que te apetece pasar un rato con ella. Además señala que todavía es una mujer soltera, o eso creéis, y que por lo tanto no vas a rendirle pleitesía a nadie. Su cara de extrañeza se tornará en decepción y rabia, pero no te preocupes, ya se le pasará. Sin que os deis cuenta Luis ya está enfilando la calle en dirección norte, hacia su casa. Os despedís de él a gritos.

Con las cartas sobre la mesa, llegáis rápido a la cafetería en la que el listo ha quedado con la sureña. Durante el camino que recorreréis andando, no intercambiaréis palabra alguna. Pese a ser buenos amigos, cuando hay una chica por medio, hay que sacar el sable y batirse como caballeros. Ya allí, ante la ausencia de Lola ambos os pedís una copa. Víctor un gin-tonic, tan snob como siempre, y tú te pides una caipiriña, fiel a la tradición. Ves como entra un grupo de chicas, y tras escrutar cada uno de los veraniegos vestiditos que las envuelven deseas que tu acompañante se fije en alguna de ellas y se olvide de Lola. Siempre has sido muy fantasioso, ya lo decía tu madre. Te sobra tiempo para construir una bonita historia de amor entre la más alta y él, tu amigo ajeno a todo juega con el mechero. Al cabo de un rato ambos miráis la hora en el reloj de vuestros móviles. Pasan treinta y seis minutos de la supuesta cita. Casualmente Lola entra por la puerta con un trapito ceñido a ese cuerpo tan desprendido en curvas. Pese a su metro cincuenta y cinco, transmite algo mágico que os cautiva. El camarero le hace un escáner similar al que estáis ejecutando Víctor y tú. Os levantáis para darle dos besos, y el otro le da tres con la excusa de que las niñas bonitas vienen con uno de regalo. Levántate y vete a la barra. Desde allí pregúntale qué quiere. Se pedirá un roncito. Ya en la mesa le lloverán preguntas. Os contestará con ese tono meloso que tienen las chicas del sur, dejando que las palabras se mezan entre los algodones de sus agudos, rotos por ese seseo tan impropio en los zaragozanos. Los dos embobados recorreréis varias veces la distancia que separa sus labios de sus ojos, empleando todos los gestos y ademanes que denoten escucha activa. De vez en cuando mírale con disimulo los pechos. Puede ser primitivo, pero te sale de manera natural y además denota un interés mayor al de una simple amistad.

Pasadas dos horas los tres tenéis una cierta chispa producida por el poderoso influjo del alcohol. El listo introducirá entonces el tema de los festivales. Es su señuelo. Siempre que quiere ligar lo hace para sorpresa de todos sus amigos, pues solo habrá ido a un par de ellos en toda su vida. La guapa os señalará que el año anterior estuvo con el Negro en el Festival de los Monegros, y que se lo pasaron en grande. El otro, con el afán de protagonismo, la interrumpirá comentando que no entiende como tiene éxito un festival en medio del desierto. Es tu oportunidad. Dile a Víctor que es más de pueblo que las boinas. Siendo de Zaragoza debería estar penado ese tipo de comentarios. Explícale con el mismo tono condescendiente con el que le hablarías a tu sobrino de cuatro años, que realmente la zona de los Monegros es árida pero que está lejos de parecerse a un desierto. Coméntale que de hecho en esa zona puede encontrar agricultura, y si no se lo cree un día le llevarás de la manita. A Lola parecen divertirle tus comentarios, pero no te pases pues los excesos generan el efecto contrario. Tras una pausa él intentará envestirte exponiendo lo ridículo que resultas cuando te pones pedante. Espétale que confunde conocimiento con pedantería, y que no hable si no sabe.

Lleváis un cuarto de hora con ese tema. De vez en cuando ojeas cómo Lola sigue la discusión. De momento no parece aburrirse. Entiendes que con las tonterías que está soltando tu amigo es normal. En ese momento Víctor empezará a divagar con las temperaturas, que si seguramente sean superiores a las normales, que nadie puede aguantar pateando sin agua por los Monegros en verano, que por mucho que trabajes en un restaurante y te nutras de la sabiduría popular agazapado detrás de una barra, no lo sabes todo... Enfádate. Estás cansado que el pijo saque su superioridad académica a relucir. Llámale patán, y dile que por muy bien que se le den los estudios, no tiene ni idea de nada, que es tan torpe que con veinticinco sigue viviendo de la paga que le dan sus papás, y que tú has pasado los veranos de tu infancia en Sariñena y que algo sabrás del clima. Después búscate disimuladamente en el cristal y comprueba que no estás sonrojado. Sabes que la afirmación que has hecho no es del todo cierta y que aunque tu padre sea de Sariñena, apenas habrás invertido un par de quincenas de tu vida, pues la relación de tu madre con la familia paterna no ha sido nunca la más fluida.

El tema parecerá agotado y de hecho la sureña empezará a bostezar. Consciente de que hay que echar más leña al fuego Víctor decide plantearte un órdago y te comenta que tan listo que eres y tan poco desierto que resulta ser los Monegros, a que no tienes coraje de recorrer una distancia de cincuenta kilómetros sin agua. Ríete a carcajadas. Muéstrale todos tus dientes, como si fuera un niño pequeño del que se mofan sus padres. Hazle una carantoña para que la burla sea más evidente. Te mirará desconcertado, como si no supiera a que viene esa airada respuesta. Le pondrá precio a la apuesta. Mil euros. Ni te lo plantees, no estás para esas chiquilladas, ya eres mayorcito. Además aunque no sea un desierto al uso, calor en esta época hace hasta en Groenlandia. Cuando tienes clara tu posición Lola apuntillará que le parece muy buena idea, y que le excitan los chicos que los tienen bien puestos. El comentario ha sido como un soplido sobre tu castillo de naipes. Se derrumbarán todas tus certezas y aunque en un principio creerás que tal vez la chica sea más infantil de lo que te creías, pronto dejarás paso a una realidad más rotunda: “sea lo que sea, está muy buena”. Te pararás un segundo y colearán las dudas: “A lo mejor el Negro con todas sus cosas de pequeño diler de barrio tiene más sentido que Víctor y tú juntos. O a lo mejor no, pues una Lola como premio final es mucho más que mil euros”. Acepta la apuesta, pero no te precipites, hazte de rogar con el mítico: “no me vuelvas a decir eso Lola o me lanzo al ruedo”.

Tras veinte minutos de entretenida divagación ya estáis buscando en internet una ruta posible. Cuanto bien han hecho los móviles- comentas. Arrepiéntete más tarde de la afirmación, pues pese a los avances tecnológicos no localizáis un sendero con las características que estabais buscando. Mientras en la copa se derriten los últimos hielos que han servido de aliados en vuestra obstinada lucha por terminar con el alcohol de ese lugar. Lola planteará abandonar el local, para ir a dar una vuelta. Os miráis ambos, y afirmáis sin dudarlo. Si Lola pide algo, ya estáis tardando. En la calle Víctor sugiere alternativas para el reto, Lola mantiene un juego entre sus piececillos y los adoquines, y tú te lías el tercero del día y primero de la tarde. A Lola se le ha ocurrido una idea que comenta en alto -buscad rutas de bicicleta, a lo mejor encontráis algo. A veces resulta tan certera como tu madre cuanto te planteaba alternativas inteligentes ante las enconadas discusiones que mantenías con tu hermana. Media hora después, sentados sobre un banco, ya habéis decidido el recorrido. Te llevarán a Villanueva de Sigena donde emprenderás el camino hasta Valfarta y de allí paralelo a autonómicas irás a Castejón de Monegros, donde te estarán esperando tus amigos, con mil euros en el bolsillo y una sureña afincada en Zaragoza, abrumada ante tanta hombría.

Ahora solo queda negociar los pormenores. Comenta que el dinero tiene que estar a buen recaudo, para que nadie se eche atrás. Decidís llamar a Luis para hacerle partícipe, pues a los tres os parece bien que él haga de árbitro. Tras contactarle os reunís en La Gramola. Entre una cosa y otra ya son las nueve de la tarde. Aprovechando el cambio de rumbo Lola os dice que se tiene que marchar, que ha quedado a las nueve con un amigo y que ya llega tarde. Te cae como un jarro de agua fría, pero lejos de venirte abajo le comentas que la quieres ver mañana madrugando para que sea testigo de tu hazaña por ese gran desierto que esconde Aragón. Conseguirás arrancarle una sonrisa, ante la impávida mirada de Víctor que debe estar rumiando sobre el posible competidor por el que os abandona. Establece la hora y el lugar en la que la recogeréis pues conoces a Lola y una sonrisa no es garantía de nada. Al final, tras tanta insistencia accederá a acompañaros. Quedáis en pasaros a las ocho por su casa. Tras despediros de ella permaneceréis un rato callados. Te das cuenta de que a Víctor le han echado el mismo jarro de agua fría, y los dos podríais estar tiritando, pero vuestra condición de “machotes” os impide lamentaros. En tu interior eres consciente de que nada está perdido y depende del buen papel en la apuesta que termines conquistando a ese amor platónico del instituto.

Al poco de irse Lola con el desconocido aparece Luis, que con tono guasón te empieza a hacer preguntas sobre el reto. Tras el vacile pertinente cerráis la apuesta. Aunque en un principio la idea es que vayas con una botella de agua, declina esa posibilidad, pues cuando se hace algo se hace a lo grande y tus ganas de impresionar sugerirán que solo lleves lo puesto, que para algo has dicho que eso ni es un desierto ni es nada. El dinero, los dos mil euros, los llevará Luis en un sobre, y se los dará al ganador. Serás tú si completas el recorrido sin llamarles por teléfono, y lo será Víctor si en el medio del mismo les pegas un toque para que te vayan a buscar. Eso sí, dado que no hay agua acuerdas no tener un tiempo marcado, entre otras cosas porque desconocéis lo abrupto del terreno, y tampoco es que tú seas un afamado senderista que maneja bien los tiempo de tu alegre marchar. Para moverse utilizarán el todoterreno de los padres de Víctor, con el fin de que la logística no falle y puedan acceder a cualquier rincón en el que desees rendirte. Lo que resta del tiempo hasta que te vayas a descansar pásalo hablando de la apuesta, comentando lo equivocado que está Víctor de sus predicciones y lo bien que te va a venir su dinero.

El día ha estado bien, y si no hubiera surgido el envite, seguramente agotarías la noche entre locales, copas y ocurrencias (comprobando la eficacia del desodorante). Pero hoy no toca. Despídete antes de las doce. No sabes de dónde sacará Víctor el dinero para tener mañana todo el importe, pero tú necesitas acudir al cajero en días distintos al tener un tope, además estaría bien que durmieras unas horas. De camino a dónde has dejado la moto imagínate un mundo perfecto, mientras te lías el último cigarrillo del día. Sigues siendo un soñador como cuando tu cerebro se perdía los dictados en el cole persiguiendo alguna musa. Ahora las imágenes que te llueven son las de Lola dándote un pico tras completar la jornada en tiempo récord. Llegarás al cajero sin darte cuenta. Saca quinientos euros, y espera a que el reloj cambie de día, para sacar otros quinientos. Métete el fajo de billetes en el bolsillo, y completa el recorrido hasta la moto desconfiando de todos los transeúntes, pues encima escondes más de un jornal.

Ya en casa, déjate por mentiroso y líate, ahora sí, un último cigarrillo. Tus padres todavía no han vuelto. Los sábados suelen quedar con los amigos para tomar algo. Déjales una nota explicando que mañana te vas con los colegas a dar una vuelta y comer en Sariñena, que te ha entrado la nostalgia. Luego tírate en la cama. Da cinco vueltas para un lado, y tres para el otro. Repite esa acción tantas veces como sea necesario hasta que por agotamiento tus parpados te sumerjan en un profundo sueño.

A la mañana siguiente el móvil sonará repetidas veces. Lo apagarás como suele ser habitual. Y a los diez segundos lo volverás a escuchar. No es la alarma, es Víctor. Tanto cigarrillo, tanto cigarrillo has olvidado programarla. Son ya las ocho, y a esa hora teníais que estar a los pies del piso de Lola. Pide disculpas y comenta que tardarás muy poco. Coge el calzado de salir a correr que hace medio año que no utilizas, y ropa cómoda. Unos pantalones cortos de jugar al futbol y una camiseta. Mete una sudadera en la mochila, el móvil y no te olvides del dinero de la apuesta. Cuando vas saliendo por la puerta, recordarás que no llevas las gafas de sol, vuelve sobre tus pasos y mételas también en la mochila. Abajo te encuentras a tus dos amigos. Te recibirán con una enorme sonrisa, y afirmarán que ellos no tienen prisa y que a ese ritmo cuando comiences a caminar el sol va a estar en todo lo alto.

Con Víctor al volante os plantaréis en media hora en el portal de Lola. Y a las nueve estaréis tirando para el desierto de los Monegros. Lola sigue igual de guapa que el día anterior, y se acopla a vuestras bromas con la misma armonía con la que una bandera baila al son del viento. De camino a Villanueva de Sigena, nada más salir de Zaragoza´s City, paráis en una gasolinera a desayunar. En la parada Lola aprovecha para sacar, de su bolso de cuero, un mapa físico de la zona que ha impreso de internet. Cuando te lo da, menciona que por muy valiente que seas no tienes superpoderes y que te vendrá bien para tener un mínimo de orientación. Le das las gracias. Abusa del lenguaje y dile que no sabrías que hacer sin ella. Ella se sonroja levemente, y Víctor que no ha perdido ripio, mira para otro lado. Si te habías levantado algo dubitativo con respecto al reto, ese detalle despeja la bruma. Antes de iros de la estación de servicio, invita Luis y te pide que te lleves una botella grande de agua, que va a hacer bastante calor, y con el simple hecho de caminar cincuenta kilómetros tienes suficiente. Se lo agradeces pero deniegas la propuesta. Apelas a que lo hablado es lo hablado, y que cuando uno cierra un trato, es de señores no modificarlo. Te replicará que tú sabrás, que cada uno es libre en sus elecciones y esclavo de sus locuras.

Entraréis en el coche. Mientras sigues bromeando con Lola, Víctor le preguntará qué tal con su amigo de la noche anterior. Piensa en las malas formas. Está celoso y ante la inclinación de la balanza intenta desestabilizarte. Lo hace desde que erais pequeños, y te comentaba que fulanito o menganito hacía trampas en los juegos para que tú perdieras. No le hagas caso, es todo envidia. Lola tampoco entra en muchos detalles.

Pídele a Luis que va de copiloto que suba el volumen de la música. Sonará esa canción de Iggy Pop que tanto te gusta. Crees recordar que se titula “The passeger”, pero eso tampoco es relevante ahora. Abre la ventana y saca la cabeza para sentir la libertad de quien elige su propio camino. Una bocanada de aire caliente golpea tu rostro. Vuelve a meter la cabeza y mira el reloj. Ya son las diez de la mañana. El termómetro del salpicadero marca treinta grados. Se avecina una jornada complicada- piensas. A treinta minutos del lugar, Luis viendo tu cara de preocupación te insiste con lo de la botella de agua. Le respondes con terquedad que no sea pesado. Lo que resta de viaje lo hacéis en silencio con la música más alta que antes.

Al poco Víctor pone el intermitente. Un cartel indica dirección Monasterio de Santa María Reina. Metros después detiene el coche. Ya estáis en la pista denominada Vereda del Sabinal, que te conducirá a Valfarta. Se bajan todos a despedir al héroe. Los miras sorprendido. Se asemejan a un grupo de rock. Víctor con sus gafas de aviador parece el bajista del grupo; Lola, con ese vestido corto podría ser la cantante y Luis sin duda con esos brazos y esas barbas sería el guitarrista. Antes del adiós te pregunta Luis si lo llevas todo. Le respondes que te falta Lola, pero que esperas encontrarla al final del trayecto. Lola vuelve a sonreír. Susúrrale que más claro no se lo puedes decir. Luego vagamente les sugieres que no se preocupen, que llevas el móvil y energías renovadas. Sin más dilación empieza a caminar. Tienes mínimo ocho horas de paseo, y ya llegas tarde.

Atrás tus amigos te desean suerte. Incluso Víctor. El día no es muy halagüeño para desear el mal a un afecto. Camina a buen ritmo, y mira a tu alrededor. Todo son cultivos. Eso no se asemeja a ningún desierto que conozcas, aunque ahora que lo piensas no conoces ninguno. Recuerdas a Lola y el vestido. Lo bien que le sentaba el vestidito ese. Bueno ese, el de ayer y cualquier vestido. No te explicas cómo a una mujer le puede sentar tan bien cualquier cosa. Llevas un buen ritmo, y el ánimo también acompaña. Te cruzas a un paisano que va en tractor en la dirección contraria. Salúdalo. Te devolverá el saludo y se llevará la mano a la frente. Sonríele, no sabes qué te ha querido decir pero te lo imaginas. Al poco cruzas por un puente. Bajo el mismo un sendero pedregoso emula el rastro de un río que en algún momento del año debe tener agua. En la otra orilla del recuerdo te espera un secarral auténtico. Ya no hay verdes secos, tostados. Todos son tonos apagados, ocres. El mismo color que la piel de la sureña. Seguro que es una piel dulce. Ya la probarás- te dices. Ese color tostado evoca otros senderos. Sin darte cuenta un numeroso grupo de gotas se ha asomado a tu frente. Límpiatelas, o si no el boca a boca hará que sus compañeras se asomen también. No da resultado, y al minuto tienes más de una recorriendo tu cara, con total impunidad. Vuelve a secarte, igual no han entendido el mensaje. La misma acción tiene como resultado un bullir líquido por tu cuerpo. Cuando vuelves al presente, el camino pica para arriba, y las zonas de la camiseta aledañas al cuello están chorreando. Debes estar a treinta y cinco grados. El sol te apunta de frente con su dedo. Parece acariciarte con la yema. No te resistas. Disfrútalo, o el camino se te hará muy largo.

El sudor ya es parte de tu piel. Ocupa todo tu cuerpo, y tus muslos van resbalando al contacto con el contrario. Nadie valora el sudor, pero hace que todo fluya, que dos cuerpos ajenos resbalen, que se mimeticen, que hagan las paces con los fluidos del otro. De nuevo piensa en Lola. Todos los caminos llevan a Lola, a esas piernas cortitas, de gemelos marcados y muslos prietos. Sudarán como sudan tus piernas, haciendo las paces con tus muslos. Confundiréis sudores cuando al final ambos os rindáis al otro. Aunque tú ya hace años que te has rendido. Ahora solo te separa un sendero arenoso de la ansiada conquista.

Paso a paso te adentras en un terreno cada vez más yermo. Haces una pausa, para dejar que el corazón se exprese. Llévate la mano al pecho. Nota como llama a la puerta. Es el amor, indefectiblemente está ahí, guiando cada uno de tus pasos, marcándote las huellas a seguir. Reanudas la marcha. Escucha como las chicharras aplauden tu ritmo. Son numerosas, discretas… bueno, más bien son chismosas. Siempre comentando el pasear de fulanito o menganita por tierras hostiles. Pero ahí están, en medio de su cálido paraíso. Dueñas del silencio sepulcral de un sendero vacío. No intentes dialogar con ellas. Son unas marujas curiosas y extrañadas ante tu caminata.

Cómo se va a quedar Víctor cuando pierda los mil euros y la posibilidad de tener algo con Lola. Para un segundo. Date la vuelta. Ya has andado suficiente para perder el inicio del camino. Estás recorriendo una zona plana aunque más alta que lo de alrededor, y todo es marrón. El sol se ha puesto de visera sobre tu frente, cegándote de vez en cuando pese a la protección de las gafas. Busca en la mochila el móvil. Encuentras de camino la sudadera. No hay nada más ridículo que encontrar cosas en una mochila que carecen de cualquier sentido. Ese lugar no te va a dejar tregua. ¿Creías que en algún momento el calor iba a dar paso a los vientos húmedos que azotan la costa canadiense? Siéntete ridículo, sin necesidad que tu madre sea cómplice. Son las doce y media, te lo dice el móvil. Llevas casi dos horas caminando, y ahora todo es cuesta abajo. Antes de guardar el teléfono fíjate en la batería. Te queda un tercio. Tenías que haberla puesto a cargar anoche, pero tanto cigarrillo, tanto cigarrillo… haces las cosas fatal. Primero lo de la alarma, ahora la batería…

El caminar se hace más alegre, resbalando con las zapatillas sobre el polvo que compone el sendero del Sabinal. Y tras de ti una pequeña estela de partículas suspendidas. Todo es extremadamente seco. Como tu lengua, tu paladar, tu laringe y tu tráquea. Imagina todos los conductos de tu cuerpo. Les pones cara, con sus tonos rosados, completamente quebrados igual que lo está el suelo deshidratado que vas encontrándote en el camino. Arrepiéntete un poco de no haber traído agua. Al principio hazlo de manera leve. Una cosa es no tener abuela y querer hacer las cosas a lo grande y otra es ser tonto de remate. Y en esta ocasión estás más cerca del segundo perfil. El pequeño enfado se va agrandando. Deberían poner tu cara de patán en fotografías, de frente, bajo las letras “WANTED”. No se puede ser más ridículo- piensas. Todo para impresionar a esa chica extrañamente atractiva, dueña de los seseos más seductores que jamás han escuchado tus oídos. Agárrate a ella, a sus curvas, a esos ojos grandes, a ese rescatar vestidos. Es tu tabla de salvación. Es tu meta, es el final del camino.

La camiseta está chorreando. Decides quitártela y colocártela de turbante, como cuando con quince años ibas de excursión en bici con los colegas. Tu torso está empapado, tu leve tripita es ahora una pista sobre la que se deslizan miles de gotas, mojando el elástico del pantalón corto. Escucha de nuevo. Tus pensamientos habían enmudecido a las chicharras, pero siguen ahí. Ahora el rumor es más grande. Deben estar comentando lo atractivo de tu figura, ligeramente descuidada. El sol ha posado la palma de su mano sobre la parte posterior del cuello. Tampoco has llevado crema protectora. El calor se burla de ti. Imagina a tus amigos, apoyados en el todoterreno de los padres de Víctor, apuntándote con el dedo, y sonriendo. Duda, no has sido el seductor más inteligente de todos. De hecho, tal vez hayas sido bastante torpe como seductor. ¿Quién te manda meterte en medio de un secarral en pleno julio? Tu madre te daría una colleja si te viera.

Tu andar ha perdido el ritmo alegre del comienzo, es más torpe, tosco. Dejas que los brazos avancen a su antojo. Enfádate con la decisión tomada. ¿Y si, pese a todo, no contentas a la diva de Lola? Adiós a sus tonos ocres, al calor que desprende su piel. Adiós a la luminosidad de su sonrisa. Las chicharras parecen comentar la jugada. Mándalas callar. Entre tanto el móvil empieza a quejarse. Atiéndele, a ver qué quiere. Lo sacas del bolsillo exterior de la mochila, son las tres de la tarde y la carcasa arde en tus manos. Está en mínimos la batería. Mientras te lamentas, pisa de costado una piedra, que como muchas riegan la sequedad del lugar. Tuércete levemente el tobillo. Mientras caes, se escapa el móvil que cae un par de metros más adelante. Doblas la rodilla y apareces sentado sobre el polvo. Te duele la zona, como cuando jugabas al futbol y cada dos por tres estabas lesionado. Se acabó. Tienes un esguince. Es una sensación cercana, casi como de la familia, como un primo al que ves en verano. Quítate el calzado y mira la envergadura de ese primo. Tienes el tobillo hinchado. No es pequeño el esguince -concluye. Laméntate en alto. Grita algún improperio a ver si amedrentas a las chicharras. Ya solo te queda llamar. Has perdido mil euros aunque a lo mejor enterneces a Lola.

Arrastras el culo por la tierra hasta llegar al móvil. Ahora toca la humillante llamada. No pierdas tiempo, tampoco hay que demorar las cosas, y el tobillo así de hinchado no requiere segundas opiniones. Marca a Luis y explícales que estás a medio camino de Valfarta con un esguince. Le das a llamar, y el móvil termina de agonizar. Se ha parado. Lo que faltaba. Cabréate, cógelo y lánzalo lejos a ver si matas a alguna chicharra. Las condenadas siguen coreando tu nombre. El sol parece darte collejas y en tu cerebro piensas en el rescate. Tu tendencia fantástica bromea con lo sucedido. ¿Y si tu corazón decide abandonarte en medio de la estepa? Eso no pasará. Hace calor, mucho calor, pero no tanto. Ya pero… ¿y si se cansa de latir? No contemplas esa posibilidad. De hecho es más probable que tus amigos se distraigan un poco y se demoren diez días. Tal vez si eso sucediera serías alimento para los buitres y cuando encontrasen tus restos, en el apartado de sucesos del Heraldo de Aragón abrirían con el titular “Murió por amor”. No obstante la realidad resulta más predecible. Ponte la camiseta no te vayas a quemar. Tus amigos pueden tardar todavía varias horas, hasta que imaginen que algo ha pasado. Túmbate a esperarlos sobre la mochila y para entretenerte escucha lo que dicen las chicharras pues aunque no eres dado a cotilleos, no hay nada mejor que hacer.


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