Empecé a recibirlos con mucho gusto, me sorprendía la calidez con la que salían de la boca, me hipnotizaba la normalidad con la que se colaban por los oídos, me encantaba la suavidad de los dedos apoyados frágilmente sobre mis hombros, y esa mirada asertiva, ese cuello activo, esa afirmación constante. Luego, cuando llegaban al estómago empezaba a producir las mismas sensaciones multiplicadas por dieciocho, y así con un carro o dos, cargadito, intentaba acoplarlas en mi interior. Hacía la digestión con una sonrisa en la boca y dormía a pierna suelta sabedor de mi enorme valía. Así, fueron pasando los meses y yo, con mi esbelta figura, engordaba sin parecerlo a un ritmo desorbitado. Poco a poco fui aumentando tanto, que mi abuela se asustó, creyéndose responsable de mi levitar egocéntrico. Sí, es cierto, nadie te avisa de los efectos secundarios, nadie te advierte de esos comportamientos ególatras, de ese enfermizo creerse el ombligo… Pero lo peor lo sufren los seres queridos, los de al...