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Mostrando entradas de junio, 2012

INCÓGNITAS

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El otro día fulanito de tal se encontró con una tal menganita en una calle cualquiera. Decidieron ir a tomar algo a un local indeterminado y hablaron de sus cosas durante bastante tiempo. Lo uno llevó a lo otro y la última la dejaron para una de las dos casas. Los cadáveres amanecieron tendidos (sin pinzas) sobre una de las camas del mencionado; o mencionada. El forense determinó la causa de la muerte con una precisión insólita: fue por indefinición.

EL ÚLTIMO TREN

Son las doce horas, un minuto y quince segundos, parece gritarme el gran reloj de la terminal. Noto como la sinergia entre pulmones y corazón golpea las costillas. Me cruzo con el jefe de estación banderilla en mano. Con los pies en el andén, proyectado hasta el infinito, se confirman mis temores. El tren la ha secuestrado, y las vías cómplices se interponen en mi camino. Ya no hay espacio para la reconciliación. Derrotado dejo caer mis manos abiertas. La derecha libera un ramo de rosas blancas, sus preferidas. Lejos de echar a volar, golpean el suelo con rotundidad. Un segundo después, unas suaves manos envuelven mis ojos.

PATIO INTERIOR (no es mío, aunque me gustaría)

Cuando, como cada tarde, regrese su padre a casa, Pedro estará escondido en el armario. El portero aprovechará para tirar la basura; la vieja del ático bajará a comprar ese paquete de sal que siempre falta en el momento más inoportuno. Algunos vecinos subirán el volumen del televisor. María preguntará por qué la mamá de Pedro llora todos los días. A esa hora estaré liada con la cena y no será posible responder. La cogeré en brazos, cerraré la ventana de la cocina y pondré en marcha el extractor: no soporto ese olor a pescado del patio interior, y además, el pollo rebozado siempre humea demasiado. AQUÍ TIENE CALEIDOSCOPIO SU HOGAR VIRTUAL.

DE INFARTO

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Todavía recuerda con nitidez su primer San Fermín. Desde que emprendió el viaje a Pamplona estaba nervioso. Y una vez allí, vivió con el corazón en un puño el canto previo al patrón y el fogonazo de salida. Una marea blanca y roja lo cubría todo y la carrera… La carrera pura adrenalina, sobre todo cuando, con los morlacos a escasos centímetros, se cayó bien avanzada Estafeta. La tensión le permitió incorporarse como un resorte y continúo corriendo, lo que restaba hasta la plaza, con el pitón de un Miura rozándole el costado. Sobre el albero consiguió relajarse. Pero eso no había sido nada. Por la tarde tuvo que brear con unos obstinados hombres que se empeñaban en plantarle cara. Finalmente, con toda la plaza puesta en pie, consiguió el indulto.

LA ENFERMEDAD

Al horror de la guerra se sumó la gran pandemia. Muchos la padecimos, pocos le pusieron freno. Yo lo intenté: atracando árboles frutales, todavía imberbes; sintetizando la vida de palomas, ratas, serpientes; haciendo de lo ajeno (lo dulce, lo salado, lo insípido) algo propio… Pese a los esfuerzos, mi piel seguía resbalando entre las costillas.

EL PEINE DEL ALEMÁN

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ESTE MICRORRELATO ESTÁ DULCEMENTE COBIJADO EN UNO DE LOS MUCHOS CAJONES DE JUAN ESTA NOCHE ME CUENTAS

LAS MUÑECAS DE LAURA

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Pensando únicamente en una de ellas consumía las horas compulsivamente atendiendo a las tres restantes. Intentaba calmarlas y, con el amor de una madre, les suministraba de forma continuada mimos, piropos, caricias… para luego depositarlas sobre su regazo mientras entre sus dos alargadas manos cobijaba a otra. Pese a las nanas, al calor de su cuerpo, al acompasado ritmo marinero de cada uno de los mecidos gestos… veía como las tres estaban cada vez más nerviosas. Tal vez demandaban la presencia de su hija, manteniendo un sostenido pulso, con la tozudez que en ocasiones muestran los niños; tal vez esas muñecas de trapo, que sólo tenían vida en la cabeza de María, preferían el sosiego que le suministraba el cuerpo menudo de la pequeña Laura, o tal vez, sólo tal vez, estaban nerviosas porque nadie permanece inerte después de haber presenciado un infanticidio.

LOS PIRATAS Y EL TESORO Octubre del 2011. Seleccionado junto a muchos para la publicación del libro "Los Jardines Secretos de la Picota"

Nosotros corsarios, con un parche en el ojo, encontramos la botella en medio de la playa, alojada en su interior la mitad del mapa del tesoro. Yo, Barba Azul, dirigí la operación. Abandonamos la playa y nos adentramos en los “Jardines Secretos”, que era el nombre puesto por los aborígenes a ese vergel, lleno de una colorida diversidad. Hicimos una primera batida en un puerto exótico, donde encontramos un palo grueso bajo un árbol oriental; avanzamos sin dificultad, no había oposición, por ello, rápidamente encontré una soga colgada del árbol de la seda; con paso ligero, continuamos dibujando con nuestras huellas una curva hacia el interior hasta divisar el rosal, a sus pies la mitad de mapa que nos faltaba. Ya estábamos cerca del tesoro… Cubriéndonos con su envergadura: la excitación, sabedores que cada paso dado suponía acercarnos al gran botín. Finalmente, como jefe del grupo, terminé golpeando la bolsa colgada. Éramos los más afortunados de esa isla dejada de la mano de Dios. Media...

PLACERES ESPINOSOS

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Él, que era un hombre selectivo, frotó la lisa cabeza redondeada de la tercera cerilla, contra la áspera superficie que, lateralmente, imprimía carácter a la diminuta caja. Luego acercó la pequeña llamarada al seco follaje, consiguiendo la propagación del fuego, al mismo tiempo que succionaba queriendo llenarse de humo. Pronto, su deseo se hizo realidad. Previamente el blanco elemento recorrió las paredes de la pipa empapándose de un aroma añejo, luego, en su boca, se volvió húmedo para deslizarse tobogán abajo hacía los pulmones, en los que entró bruscamente. Un esputo de sangre le alejó del evocador momento. La tos de después, pese a resultar predecible, le sorprendió, aunque no tanto como la irrupción airada del oncólogo. al sol que más calienta

AVARICIA (no es mío, aunque me gustaría)

No ha cambiado de casa, no tiene intención de redecorar, no busca utensilios de cocina ni complementos para el baño, no necesita marcos para las fotos, ni una lámpara, ni un felpudo para la entrada. Pero cada vez que entra a esa tienda sueca sale con los bolsillos llenos de lápices. Lullaby ¿sin más?